José Gómez Castaño y David Fernández Barba

(Artículo publicado en el número de diciembre de 1998 de Universo, actual Astronomía)
"He
aquí que el séptimo día de enero del presente año
de mil seiscientos diez, a la hora primera de la siguiente noche, mientras
contemplaba con el anteojo los astros celestes, apareció Júpiter.
Disponiendo entonces de un instrumento sobremanera excelente, percibí
(cosa que antes no había acontecido en absoluto por la debilidad del
otro aparato) que lo acompañaban tres estrellitas, pequeñas
sí, aunque en verdad; las cuales, por más que consideré
que eran del número de las fijas, me produjeron cierta admiración
por cuanto que parecían dispuestas exactamente en una línea
paralela a la eclíptica, así como más brillantes que
las otras de magnitud pareja"
Galileo Galilei en Sidereus Nuncius (Venecia, 1610). Edición de Alianza
Editorial (1984), traducida de Carlos Solís Santos.
Los satélites galileanos de Júpiter (Io, Europa, Ganimedes y Calisto), llamados así por haber sido descubiertos en 1610 por Galileo Galilei durante sus primeras observaciones telescópicas de Júpiter, se convirtieron desde el comienzo en una pieza clave en la nueva forma de concebir el Sistema Solar, siendo una herramienta indispensable para el conocimiento de la dinámica del mismo.
Como anécdota curiosa (y poco conocida), podemos comentar que durante
años hubo una controversia (no completamente resuelta) sobre quién
descubrió los satélites. Simon Marius, en Alemania, dijo haberlos
descubierto unos pocos días antes que Galileo los observara por primera
vez desde Venecia, el 7 de enero de 1610 (Rogers, 1995). Fué Marius
quien propuso los nombres con los que los conocemos actualmente, con la aprobación
de Johannes Kepler. No obstante, la adjudicación final del descubrimiento
correspondió a Galileo.

Desde el principio, Galileo se dió perfecta cuenta del cambio que estos
nuevos astros iban a producir en el conocimiento de la época, concediéndoles
especial atención en su obra Sidereus Nuncius (Mensaje de las estrellas),
publicada en marzo de 1610 (ver portada en la Figura 1). En ella expone sus
primeras conclusiones: "Estas estrellitas giran alrededor del planeta,
en círculos desiguales, siendo más rápido los cercanos
al planeta". Además de su movimiento, se percata de un cambio
en su tamaño aparente, el cual atribuiría al efecto de la atmósfera
de Júpiter. En la Figura 2 pueden verse los gráficos realizados
por Galileo a pie de telescopio del devenir de éstos.

El descubrimiento de cuatro satélites orbitando a Júpiter dió
un impulso definitivo a la concepción copernicana del universo, frente
a la visión ptolemaica. El hecho de que en su movimiento en el cielo
se desplazaran alrededor de otro planeta debilitaba la fuerza de una de las
principales objeciones al sistema de Copérnico: el por qué la
Luna orbitaba alrededor de la Tierra si el resto de cuerpos celestes lo hacía
alrededor del Sol. Según la opinión de Kuhn (1996), quizá
el hecho más determinante para la final aceptación de la teoría
copernicana fuese que "las observaciones de Júpiter ofrecían
un modelo visible del Sistema Solar copernicano".
Buscando entre antiguas representaciones del cielo, puede encontrarse la primera
representación del sistema galileano como parte del Sistema Solar en
el Atlas Coelestis seu Harmonica Macrocosmica de Andreas Cellaricus, de 1661.
En él, como reza en su título, se exhibe en un plano la hipótesis
copernicana. Los cuatro satélites se sitúan alrededor de Júpiter,
a la misma distancia, sin asignarles órbitas independientes, aunque
Galileo ya había dado cuenta de sus periodos aproximados en el verano
del 1611, y había confeccionado unas tablas de sus movimientos medios
en base a sus observaciones de 1610 a 1619.
Años más tarde, concretamente en 1700, Caroll Allard, en su
Planisphaerii Coelestis Hemisphaerium Meridionales (depositado actualmente
en el National Maritime Museum) ya refleja un sistema joviano con cuatro satélites
girando en órbitas independientes. Junto a ellos, figura una tabla
en la que aparecen sus periodos de revolución:
I = Io 1d 18h 29m
II = Europa 3d 13m 19s
III = Ganimedes 7d 4h 00m
IV = Calisto 16d 18h
Estos cuerpos, en sus revoluciones entorno al planeta, atraviesan el cono de sombra proyectado por Júpiter, siendo eclipsados. En esos momentos es observable una disminución (o aumento) paulatino de brillo del satélite, a medida que penetra (o emerge) en la sombra. Dado que el fenómeno se produce en un punto muy localizado geométricamente de su órbita, a partir del instante observado en que tiene lugar es posible determinar la situación el satélite con gran precisión (unos 500 km). El estudio de los eclipses ha sido continuado, con observaciones útiles científicamente hablando, desde 1652 (Lieske, 1986).
Dado que estos fenómenos son visibles al mismo tiempo desde cualquier
lugar de la Tierra (con Júpiter por encima del horizonte local, lógicamente),
se utilizaron en un principio en la determinación de la longitud geográfica
de un determinado lugar. Era éste, la determinación de la longitud
geográfica, un problema acuciante, tanto más cuanto se hacía
necesario para llevar a cabo labores cartográficas o de localización
de los navíos en sus viajes por mar abierto. Tal era el interés
gubernamental que se establecieron premios por parte de las coronas española,
británica y francesa.
El instante previsto se calculaba en relación a un meridiano determinado,
en principio el de París o Greenwich, el cual se comparaba con el observado,
éste medido en Tiempo Local. De su diferencia se obtenía la
longitud geográfica del lugar de observación. Este método
fué utilizado, a falta de cronómetros exactos, durante los siglos
XVII y XVIII. Siguiendo esta metodología, son de destacar las observaciones
llevadas a cabo por astrónomos daneses durante la década de
1780 en lugares bajo la Corona danesa, Islandia y la Índia (Turquebar).
Los navegantes españoles del siglo XVIII, Jorge Juan, Antonio de Ulloa,
José de Mazarredo, Vicente Tofiño y otros muchos, cartografiaron
las costa americana y acometieron la carta geográfica de España
utilizando éste y otros sistemas (Fernández y Gómez,
1998). La mejora en los mecanismos de los cronómetros en el último
cuarto del siglo XVIII, y la utilización del telégrafo, acabaron
con esta práctica hacia 1840 (Ashbrook, 1978).
Por otro lado, el astrónomo danés Ole Roemer los utilizó
con éxito en 1675 en la determinación de la velocidad de la
luz, y más recientemente se han utilizado en la predicción de
vulcanismo en Io (Peale, Cassen y Reynolds, 1979), y en la planificación
de las misiones Voyager por el JPL (Jet Propulsion Laboratory), por citar
algunos ejemplos.
Entre las primeras observaciones de los movimientos de estos cuerpos, se cuentan
las llevadas a cabo por Cassini como las más importantes. En una carta
fechada en Roma en 1665, da cuenta al Abate Falconieri de las observaciones
del tránsito de la sombra de los satélites sobre la atmósfera
de Júpiter (Cassini, 1665a). Los primeros eclipses los dará
a conocer en otro trabajo del mismo año (Cassini, 1665b), a partir
de los que compondrá una primera teoría de su movimiento que
vería la luz de su mano en 1668 (Cassini, 1668), siendo posteriormente
perfeccionada en 1740 (Cassini, 1740).
En su teoría no sólo contempla el uso que tenían estos
fenómenos en geografía. Hace un estudio completo del movimiento,
analizando la similitud de las órbitas, el movimiento de los nodos,
contrastando observaciones con la teoría, y proporcionando unas tablas
para el cálculo de efemérides y de las máximas disgresiones,
así como ejemplos para su cálculo.
Pero ha sido en el campo de la mecánica celeste donde su estudio ha sido determinante. Los periodos de revolución de los satélites son muy cortos, lo que da lugar a que se produzcan fenómenos con gran frecuencia. Los eclipses se producen en un lugar de sus órbitas muy determinados geométricamente; esto es, en el que se encuentra el cono de la sombra proyectada por Júpiter. De esta forma se puede relacionar el instante del fenómeno con la posición del satélite. Ideada una teoría del movimiento, se calculan unas efemérides, a partir de las cuales se llevan a cabo unas observaciones. De ellas se obtienen unas diferencias O-C en los tiempos (observado - calculado), que se utilizan para corregir y mejorar la teoría existente. Los primeros trabajos siguiendo este esquema se deben a W. de Sitter (de Sitter, 1908), ayudado con observaciones de Innes. Su autor consideraría todavía a esta teoría "demasiado preliminar " (de Sitter, 1910).
Como ya se ha dicho, las observaciones decayeron notablemente a partir de
1780, pero fueron retomadas en 1878 por Edward Pickerin, (Figura 4) siendo
por entonces director del Observatorio de Harvard. Utilizando el refractor
de 15 pulgadas, llevó a cabo una serie de 731 observaciones fotométricas
a lo largo de 25 años, iniciadas el 23 de junio de 1878 (Ashbrook,
1978; Lieske, 1980). El método utilizado consistía en la utilización
de un fotómetro con el que se obtenía la curva de la disminución
o el aumento de brillo del satélite eclipsado, comparándolo
con otro satélite o una estrella. El tiempo era medido con un cronómetro.
Los resultados de estos trabajos fueron utilizados posteriormente por R.A.
Sampson para confeccionar una nueva teoría del movimiento (Sampson,
1921). En 1908 determina las constantes orbitales. En 1910, en Londres, publica
unas tablas para la confección de efemérides de los fenómenos,
y por último en 1921 terminaría de desarrollarla.
En 1911, durante la celebración del Congreso Internacional de Efemérides,
en París, se confió al Bureau des Longitudes el encargo de calcular,
en base a las tablas de Sampson, "las efemérides completas de
los cuatro satélites principales de Júpiter" (Andoyer,
1915). Éstas aparecerán de forma continuada en la Connaissance
des Temps a partir de 1919.
Paralelo al desarrollo teórico, a finales del siglo XIX ya se disponía de otras herramientas técnicas y observacionales que vendrían a complementar los métodos conocidos hasta entonces, e impulsarían el conocimiento de la dinámica del sistema galileano. La aparición del cronógrafo y la mejora en el mecanismo de los cronómetros, introdujeron una mayor precisión en la medición de los tiempos de los eclipses. Así mismo, la aparición del micrómetro filar, hacia 1895, y del heliómetro, en una serie de observaciones realizadas en 1870, 1891 y 1901, fueron un elemento clave para la determinación de la posición de los satélites fuera de los eclipses. Con todo ello, se comenzó a disponer de un número cada vez mayor de datos con los que confeccionar las nuevas teorías (Pascu, 1977).
Un impulso definitivo a estos trabajos lo constituyó la aplicación
de la fotografía al estudio de los satélites de los planetas
en general, y de los galileanos en particular, realizándose las primeras
tomas en 1891 desde varios observatorios. Durante la última década
del siglo XIX y primer cuarto del XX, se llevó a cabo un seguimiento
exhaustivo mediante este método, que fué retomado en el periodo
1960 a 1978. Estos métodos de observación, tanto astrométricos
como de seguimiento de fenómenos, se han visto ayudados recientemente
por técnicas más modernas, como la utilización del radiotelescopio
de Arecibo (en 1975) para observaciones de radar, o el estudio de las imágenes
tomadas por las misiones Voyager.
Con el concurso de todos estos datos, han llegado a tomar forma las teorías
más recientes. En 1975 C.F. Peters diseña un modelo vectorial
para la predicción de los fenómenos. En 1977 J.H. Lieske modifica
la teoría de Sampson, en base a una colección de eclipses observados
entre 1878 y 1903. Es la denominada teoría E1 (Lieske, 1977, 1978).
En 1980 se desarrolla la teoría E2, formulada por Lieske utilizando
eclipses de 1818 a 1972, observaciones fotográficas, y 173 fenómenos
mutuos, eclipses entre satélites y ocultaciones, producidas en 1973
(Lieske, 1980). En 1982, J. Arlot, usando únicamente 1606 registros
fotográficos tomados en el periodo 1913 a 1978, modifica algunas de
las constantes de la teoría E2, llegándose a la conocida como
teoría G2 (Arlot, 1982).
Por último, en 1986, Lieske recopila toda la información conocida:
15711 eclipses en el periodo 1652 a 1983 (Lieske, 1986), 2964 fotografías
tomadas entre 1967 y 1978, 112 fenómenos mutuos y 183 imágenes
de los Voyager. Un total de 19265 datos, con el objeto de estudiar los cambios
seculares en los movimientos de los satélites (Lieske, 1987). En este
trabajo, entre otras cosas, se modifican las constantes calculadas en las
teorías E2 y G2, así como la variación de las mismas
respecto al tiempo, a diferencia del trabajo de Arlot. También sufren
variaciones los coeficientes utilizados en las series trigonométricas.
De esta forma nace la teoría E2x3 (Lieske, 1987).
En base a la teoría E2, son de destacar las efemérides calculadas
por Lieske en 1980 (Lieske, 1981). En ellas se hace un detallado recuento
de todos los eclipses producidos entre los años 1610 y 2000, para servir
de base a todo tipo de trabajos. Para las posiciones planetarias hizo uso
de la teoría DE200, desarrollada en el JPL mediante integración
numérica.
Al hilo de las efemérides, decir que puede encontrarse una detallada
descripción del proceso de cálculo para cada una de las distintas
teorías en de Sitter (1908), Andoyer (1915), Peters (1981), Lieske
(1981) y Thuillot (1989).
En la elaboración de estas teorías se han utilizado cronometrajes visuales obtenidos a lo largo de 331 años. ¿Son comparables, teniendo en cuenta la diversidad de instrumentos utilizados y la evolución en las métodos de observación y cronómetros?.
El primero en tratar este problema fué de Sitter en 1910, llegando
a la conclusión de que se había simplificado demasiado el modelo
del eclipse en el trabajo fotométrico de Pickerin, lo que introducía
errores sistemáticos. En la misma época, Sampson advierte "una
limitación en cronometrajes visuales debidos a condiciones personales,
de instrumental y atmosféricas" (Sampson ,1910).
Más tarde, de Sitter (en 1931) indica, tras la revisión de varios
cronometrajes visuales, que "la observación de eclipses, incluso
realizada cuidadosamente, no puede determinar el tiempo con una precisión
mayor a +/-10seg, y este límite no puede mejorarse por la combinación
de un gran número de observaciones" (Ashbrook, 1978; Pascu, 1977).
Lieske, en sus trabajos de 1978 y 1980 (citados en Lieske, 1981), llega a
conclusiones parecidas a las de de Sitter. En los primeros tiempos, la mayor
limitación estribaba en la precisión de los relojes. Más
recientemente, el mayor efecto en los cronometrajes es debido a la atmósfera
joviana, punto este muy poco estudiado hasta el momento. Lieske cifra en unos
500 km la precisión obtenida a la hora de posicionar a los satélites
en su órbita. Esto sería suficiente para guiar a los Voyager
en su andadura por el sistema joviano, o para el estudio de la evolución
de las conmensurabilidades entre los tres satélites interiores. Las
perturbaciones debidas a conmensurabilidades, también llamada resonancia
orbital, son aquellas producidas por la influencia de un satélite sobre
otro al repetirse su situación respecto a un punto particular de su
órbita, normalmente el pericentro de uno de ellos (ver una explicación
más detallada en Rhode y Sinclaire, 1994).
Por último, en un trabajo posterior (Lieske 1980),
se cifra entre 31 seg, en el caso de Io, y 47 seg, en el de Calisto, la precisión
en la determinación del instante central del eclipse. Utilizando las
velocidades orbitales de los mismos, puede decirse que la posición
se determina con unos 600 km de error en cronometrajes visuales, y de 350
km (o 18 seg), en el caso de utilizar fotómetros fotoeléctricos.
Actualmente la investigación se centra en mejorar nuestro conocimiento
de las variaciones de los distintos elementos que definen sus órbitas,
debidos a efectos de marea entre ellos, y su aplicación a las órbitas
planetarias del resto del Sistema Solar. ¿Qué aprenderemos de
ellos en los próximos años?. La observación nos lo dirá.
Desde aquí nuestro agradecimiento al Dr. Francisco González, bibliotecario de la biblioteca del RIOASF (Real Instituto y Observatorio de la Armada en San Fernando) por la ayuda que nos han prestado a la hora de buscar la bibliografía necesaria. Así mismo agradecemos a Fabrizio Bonoli, de la Universidad de Padua, su ayuda a la hora de encontrar los textos de Cassini.
Andoyer, 1915, Sur le calcul des ephemerides
des quatre anciens satellites de Jupiter, Astronomique (juillet-août),
XXXII
Arlot., J.,1982, Astron. Astrophys. 107, 305
Ashbrook, J., 1978, Astronomical Scrapbook, Sky & Telescope
(may), 380
Cassini, J.D., 1665a, en Lettera Astronomicadi Gio: Domenico
Cassini al sig. Abate Falconieri sopra l'ombre de Planeti Medicei in Giove
Cassini, J.D., 1665b, en Epistolae duae astronomicae altera...
ejusdem Cassini... in quibus continentur nonullae dificultates circa eclipses
in Iove a medici planetis Jovis nuperrime adiventae
Cassini, J., 1740, en Les hypoteses et les tables des satellites
de Jupiter
de Sitter,W., 1908, Proceedings Amsterdam Academy (citado
en de Sitter 1910)
de Sitter, W., 1910, Monthly Not. Royal Astron. Soc.71, 85
Fernández-Barba, D., Gómez Castaño, J, 1998,
Catálogo y reducción de las primeras observaciones de los eclipses
de los satélites galileanos llevadas a cabo desde España, Actas
de las VIas Jornadas de Astronomía del Planetario de Castellón
Galilei, G., 1610, Sidereus Nuncius
Kuhn, T.S., 1996, La revolución copernicana, Editorial
Ariel S.A (originalmente publicado en 1957 por el Harvard College)
Lieske, J.H., 1977, Astron. Astrophys. 56, 333
Lieske, J.H., 1980, Astron. Astrophys. 82, 340
Lieske, J.H., 1981, Astron. Astrophys. Sup. Ser. 44, 209
Lieske, J.H., 1986, Astron. Astrophys. 154, 61
Lieske, J.H., 1986, Astron. Astrophys. Sup. Ser. 63, 143
Lieske, J.H., 1987, Astron. Astrophys. 76, 146
Peale, S.J., Cassen, P., Reynolds, R.T., 1979, Science 203,
893
Pascu, D., 1987, Astrometric techniques for the observation
of planetary satellites en Planetary Satellites, ed. J.A. Burns, University
of Arizona Press
Peters, C.F:, 1975, Celes. Mech. 12, 99
Peters, C.F., 1981,
Rhode, J.R., 1994, Orbital ephemerides and rings of satellites,
6.13 Perturbations due to conmensurabilities en Explanatory Supplement
Rogers, J.H., 1995, The giant planet Jupiter, Cambridge University
Press
Sampson, R., 1921, Monthly Not. Royal Astron. Soc. 63, 1
Thuillot, W., 1989, Prediction des phenomens des satellites
galileens, Note scientifique et technique du Bureau des Longitudes, S 015
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